lunes, 2 de julio de 2007

CUENTOS DE CANTERBURY

DEJO UNA PARTE DE LOS CUENTOS DE CANTERBURY
MERECE LA PENA LEER ESTA GRAN OBRA.


nota: no la dejaré entera, ya que alguien puede darse por pirateado.
La obra se encuentra en internet, se puede bajar gratis.

Geoffrey Chaucer

Cuentos de Canterbury

INDICE

SECCIÓN PRIMERA

1. Prólogo general

2. El cuento del caballero

3. Diálogo entre el anfitrión y el molinero

4. El cuento del molinero

5. Prólogo al cuento del administrador

6. El cuento del administrador

7. Prólogo al cuento del cocinero

8. El cuento del cocinero

SECCIÓN SEGUNDA

1. Palabras del anfitrión al grupo

2. Prólogo del magistrado

3. El cuento del magistrado

4. Epílogo

SECCIÓN TERCERA

1. Prólogo de la comadre de Bath

2. La disputa entre el fraile y el alguacil

3. El cuento de la comadre de Bath

4. Prólogo del fraile

5. El cuento del fraile

6. Prólogo del alguacil

7. El cuento del alguacil

SECCIÓN CUARTA

1. Prólogo del erudito

2. El cuento del erudito

3. Prólogo del mercader

4. El cuento del mercader

5. Epílogo

SECCIÓN QUINTA

1. Prólogo del escudero

2. El cuento del escudero

3. Lo que el terrateniente dijo al escudero y el anfitrión al primero

4. Prólogo del terrateniente

5. El cuento del terrateniente

SECCIÓN SEXTA

1. El cuento del doctor en medicina

2. Palabras del anfitrión al médico y al bulero

3. Prólogo del bulero

4. El cuento del bulero

SECCIÓN SÉPTIMA

1. El cuento del marino

2. Siguen las alegres palabras entre el anfitrión, el marino y la priora

3. Prólogo al cuento de la priora

4. El cuento de la priora

5. Las alegres palabras entre el hospedero y Chaucer

6. El cuento de sir Topacio

7. Interrupción

8. El cuento de Melibeo

9. Las alegres palabras entre el anfitrión y el monje

10. El cuento del monje

11. Prólogo del capellán de monjas

12. El cuento del capellán de monjas

13. Epilogo al cuento del capellán de monjas

SECCIÓN OCTAVA

1. Prólogo de la segunda monja

2. El cuento de la segunda monja

3. El prólogo del criado del canónigo

4. El cuento del criado del canónigo

SECCIÓN NOVENA

1. Prólogo del intendente

2. El cuento del intendente

SECCIÓN DÉCIMA

l. Prólogo del párroco

2. El cuento del párroco

3. La despedida del autor

SECCIÓN PRIMERA

1. PRÓLOGO GENERAL.

2. EL CUENTO DEL CABALLERO.

3. DIÁLOGO ENTRE EL ANFITRIÓN Y EL MOLINERO.

4. EL CUENTO DEL MOLINERO.

5. PRÓLOGO AL CUENTO DEL ADMINISTRADOR O EL CUENTO DEL ADMINISTRADOR. PRÓLOGO AL CUENTO DEL COCINERO.

6. EL CUENTO DEL COCINERO.

1. PRÓLOGO GENERAL

Las suaves lluvias de abril han penetrado hasta lo más profundo de la sequía de marzo y empapado todos los vasos con la humedad suficiente para engendrar la flor; el delicado aliento de Céfiro1 ha avivado en los bosques y campos los tiernos retoños y el joven sol ha recorrido la mi­tad de su camino en el signo de Aries2; las avecillas, que duer­men toda la noche con los ojos abiertos, han comenzado a trinar, pues la Naturaleza les despierta los instintos. En esta época la gente siente el ansia de peregrinar, y los piadosos viajeros desean visitar tierras y distantes santuarios en países extranjeros; especialmente desde los lugares más recónditos de los condados ingleses llegan a Canterbury para visitar al bienaventurado y santo mártir3 que les ayudó cuando esta­ban enfermos.

Un día, por aquellas fechas del año, a la posada de «El Ta­bardo», de Southwark4, en donde me alojaba dispuesto a emprender mi devota peregrinación a Canterbury, llegó al anochecer un grupo de 29 personas. Pertenecían a diversos esta­mentos, se habían reunido por casualidad, e iban de camino hacia Canterbury.

Las habitaciones y establos eran cómodos y todos recibi­mos el cuidado más esmerado. En resumen, a la puesta del sol ya había conversado con todos ellos y me habían acepta­do en el grupo. Acordamos levantarnos pronto para empren­der el viaje como les voy a contar.

Sin embargo, creo conveniente, antes de proseguir la his­toria, describir, mientras tengo tiempo y ocasión, cómo era cada uno de ellos según yo los veía, quiénes eran, de qué cla­se social y cómo iban vestidos. Empezaré por el Caballero.

El Caballero era un hombre distinguido. Desde los inicios de su carrera había amado la caballería, la lealtad, honorabi­lidad, generosidad y buenos modales. Había luchado con


1 Como personaje mitológico, esposo de Flora, diosa de las flores, y pa­dre del dios de los frutos, Carpo; como fenómeno atmosférico, viento del Oeste.

2 En tiempos de Chaucer, el signo del zodiaco Aries abarcaba del 12 de marzo al 11 de abril. La mitad del camino equivaldría al 27 de marzo. Pero en los cinco primeros versos del Prólogo al Cuento del Magistrado, Chaucer de­clara que la fecha es el 18 de abril (segundo día de la peregrinación). Luego, el primero sería el 17; esta fecha pertenece a Tauro, que empieza el 12 de abril. Skeat precisa que el año era 1387.

3 Santo Tomás Becket, arzobispo de Canterbury, fue asesinado en 1170 y canonizado en 1173.

4 Barrio londinense situado al sur del Puente de Londres.

bonitamen­te las horas litúrgicas, pero entonadas con voz nasal13. Habla­ba un francés bueno y elegante, según la escuela de Strafford at Bow, porque desconocía el francés de París 14.

En la mesa mostraba en todo sus buenos modales. De su boca nunca caía migaja alguna o se humedecían sus dedos por meterlos codiciosamente en la salsa. Cuando se llevaba la comida a la boca tenía cuidado en no derramar gota alguna sobre su toca. Mostraba gran interés por los buenos modales. Se secaba el labio superior con tanto cuidado, que no dejaba la más mínima señal de grasa en el borde de su copa después de haber bebido. Al comer tomaba los alimentos con delica­deza. Era muy alegre, agradable y amistosa. Se esforzaba en imitar la conducta cortesana y cultivar un porte digno, de for­ma que se le considerase persona merecedora de respeto.

Era tan sensible y de corazón tan delicado y lleno de com­pasión que lloraba si veía a un ratón atrapado, sobre todo si sangraba o estaba muerto. Cuidaba unos perrillos, a los que alimentaba con carne frita, leche y pan de la mejor calidad. Si uno de ellos moría o alguien cogía un palo amenazándo­los, lloraba amargamente. Era todo sensibilidad y ternura de corazón. Llevaba su toca adecuadamente plegada. Su nariz estaba bien formada; sus ojos eran grises como el vidrio; su boca, pequeña, pero suave y roja. Su frente, sin embargo, era amplia; posiblemente tendría un palmo de amplitud. A decir verdad, estaba bastante desarrollada.

Sus vestidos eran, a mi entender, elegantes. Llevaba en el brazo un rosario de pequeñas cuentas de coral, intercaladas con otras grandes y verdes; de él colgaba un broche dorado y brillante que tenía escrita una A coronada y debajo el lema: Amor vincit omnia15.

Como secretaria y ayudante le acompañaba otra Monja, su capellán y tres sacerdotes16. Se hallaba también un Monje de buen aspecto, adminis­trador de las posesiones del convento y amante de la caza; un hombre cabal con cualidades más que sobradas para con­vertirse en abad. Guardaba muchos y hermosos caballos en el establo. Mientras cabalgaba, se podía escuchar a pleno viento silbante el tintineo de las campanitas con la misma claridad y fuerza que el de la campana de la capilla del con­vento filial del que era prior. Como la regla de San Mauro o de San Benito17 le resultaba anticuada y demasiado estricta a este monje, descuidaba las normas pasadas de moda y se guiaba por otras más modernas y mundanas.

Le importaba un comino el texto en donde se afirmaba que los cazadores no pueden ser santos; o que monje que no guar­de la clausura, o sea, monje fuera del convento, es como un pez fuera del agua; para él todo esto eran tortas y pan pintado.

Su opinión me parecía correcta. ¿Por qué debía estudiar y malgastar su talento en libros de convento, o dedicarse al tra­bajo manual y trabajar como lo ordenó San Agustín? Que se quede Agustín con su trabajo manual. Por eso era un cazador empedernido de a caballo. Poseía podencos veloces como pájaros. Todo su placer consistía en perseguir y cazar liebres, sin reparar en gastos.

Vi que sus bocamangas estaban ribeteadas con pieles, gri­ses y costosas, las mejores del país. Le sujetaba la capucha un broche labrado en oro, rematado con un complicado lazo por debajo de la barbilla. Tenía una calva brillante como bola de cristal, al igual que la cara; parecía que la hubieran ungi­do. Estaba rechoncho y gordinflón.

Sus ojos, saltones e inquietos, relampagueaban como as­cuas bajo el caldero. Llevaba unas botas flexibles y su caballo era perfecto. Más parecía un vistoso prelado que un ajado es­píritu. Su plato favorito era el pavo cebado rustido. Su mon­tura, de color castaño bayo.



13 Así debía entonarse el canto gregoriano.

14 Abadía situada en las afueras de París. Esta priora hablaba francés an­glonormando.

15 Referencia a la Égloga X, 69, de Virgilio: “El amor todo lo puede”.

16 Aunque en este prólogo se mencionan tres, sólo un sacerdote (sección séptima) relata un cuento después.

17 San Benito fundó la Orden Benedictina en Montecasino (Italia) el año 529. San Mauro fue su discípulo predilecto.

Nos acompañaba también un Fraile mendicante, un festivo y alegre distrital de aspecto solemne. No existía en las cuatro Ordenes mendicantes18 nadie que le superase en adulación y chismorreo. Había financiado el matrimonio de muchas jóve­nes19. Era una firme columna de su Orden. Se le tenía en gran consideración y recibía el trato familiar de los hacendados de toda la zona, así como de las señoras ricas de la ciudad. Tenía más poder de absolución que un simple párroco: era licencia­do de su Ordene20. Escuchaba las confesiones con dulzura y ab­solvía con gusto, si estaba seguro de obtener un buen rancho. La generosidad con una Orden mendicante era, para él, la me­jor señal de una buena confesión. Ante la dádiva se vanagloria­ba de conocer el arrepentimiento de un hombre. A tanto llega la dureza de corazón, que mucha gente, aun con remordi­miento sincero, no puede llorar. Por consiguiente, las oracio­nes y lágrimas pueden ser sustituidas por la entrega de dinero a los pobres frailes. Llevaba siempre la capucha cargada de cu­chillos y agujas para hermosas mujeres.

¡Qué agradable era su voz! Podía cantar y tocar el violín a la perfección y entonaba las baladas como el mejor. Su cuello, blanco como un lirio, escondía la fortaleza de un luchador. Conocía las tabernas, posaderos y mozas de mesón mejor que a los leprosos y mendigos. No resultaba adecuado a un hom­bre de tan distinguida posición alternar con enfermos leprosos ni era conveniente ni lucrativo tratar con semejante puma; pero sí con mercaderes y acomodados. Por esto ofrecía humil­de y amablemente sus servicios allí donde podía sacar tajada.

Era el más capacitado de todos y el más efectivo mendi­cante de su comunidad. Pagaba una cantidad fija por tener el territorio donde mendigaba; ningún miembro de su fratemi­dad «trabajaba» furtivamente en sus dominios.

Aunque se topara con una viuda sin zapatos, tan persuasi­vo resultaba su In Principio21, que siempre obtenía alguna pe­queña dádiva antes de partir. Lo que recogía superaba con creces a sus ingresos legales.

En los días en que había que arreglar querellas domésticas era de gran ayuda. Tenía aspecto de maestro o Papa, no el de un monje con hábito raído como de estudiante.

Su capa era doble, redonda como campana recién salida del molde. Tartamudeaba un tanto, con cierto amaneramien­to para hacer su inglés más atractivo. Cuando tocaba el arpa y terminaba su canción le brillaban los ojos bajo las cejas como estrellas en noche de helada. Este singular fraile se ape­llidaba Hubert.

Había también un Mercader de barba partida, de vestido multicolor, montado en silla elevada, botas con hermosas y limpias hebillas. Sobre la cabeza, un sombrero flamenco de castor. Hablaba con engolamiento de los numerosos benefi­cios que obtenía. Deseaba que los mares entre Middleburg y Orwe1122 quedaran navegables a cualquier precio.

Era un experto en el cambio de escudos. Este distinguido mercader utilizaba su cerebro en provecho propio. Todos ig­noraban que estaba adeudado (tan dignamente ejecutaba sus transacciones y peticiones de crédito). Era un personaje nota­ble, pero, en verdad, no recuerdo su nombre.

También estaba un Erudito de Oxford que llevaba largo tiempo estudiando lógica23. Su caballo era delgado como un poste y os aseguro que él no estaba más gordo. Tenía un aspecto enjuto y atemperado. Se cubría con una capa corta muy raída. No había encontrado todavía subvención y era demasiado poco mundano para ejercer un empleo.



18 Dominicos, franciscanos, carmelitas y agustinos.

19 Primero eran sus amantes; luego, las casaba.

20 Este poder de absolución era causa de numerosos conflictos entre los párrocos y frailes.

21 Juan I, 1. Fórmula rutinaria para bendecir.

22 Orwell, puerto inglés próximo a Ipswich. Middleburgh, puerto holan­dés en la isla de Walcheren; durante el periodo 1384-1388 estuvo autorizado a importar lana inglesa.

23 Había estudiado el trivium (Gramática, Retórica y Lógica). Seguía el cuadrivium (Aritmética, Geometría, Astronomía y Música).

Prefería tener en la cabecera de su cama los 20 libros de Aristóteles encuadernados en negro o en rojo que vestidos lujosos, el violín y el salterio. A pesar de toda su sabiduría, guardaba poco dinero en su cofre. Gastaba en libros y erudi­ción todo lo que podía conseguir de sus amigos, y en pago rezaba activamente por las almas de los que le facilitaban di­nero para proseguir su formación. Dedicaba la máxima aten­ción y cuidado al estudio.

Nunca pronunciaba palabras innecesarias y hablaba siem­pre con circunspección, brevedad y concisión, y selecto vo­cabulario. Sus palabras impulsaban hacia las virtudes mora­les. Disfrutaba estudiando y enseñando.

No faltaba también un Magistrado24, prudente y habilido­so, que frecuentaba los porches25, y era muy conocido, dis­creto y distinguido; o al menos así lo parecía; sus palabras re­zumaban sabiduría. Había actuado como juez en los proce­sos por real decreto y tenía jurisdicción plena para enjuiciar todos los casos; por su saber y reputación se había hecho acreedor a muchos regalos y vestidos. Nunca compró nadie propiedades por tan poco; los asuntos más embrollados los clarificaba y dejaba libres de carga.

Era el más ocupado de los mortales y, sin embargo, toda­vía lo parecía más de lo que en realidad lo estaba. Conocía todos los casos legales y decisiones que se habían dictamina­do en los procesos desde los tiempos de Guillermo el Con­quistador26. Se sabía las leyes de memoria.

Integraba también el grupo un Terrateniente, de barba blanca como pétalos de margarita. Era de temperamento san guíneo27. Por las mañanas le apetecía pan remojado en vino.

Si Epicuro sostenía que la plenitud de la felicidad consistía en el deleite perfecto, nuestro terrateniente era verdadero hijo suyo. En su casa ejercía la hospitalidad en sumo grado. Era el San Julián28 de su comarca. Su pan y cerveza poseían una calidad exquisita. Su bodega estaba repleta de vinos se­lectos. La despensa rebosaba de tortas, pescados, carne... Inundaba la casa de alimentos y bebidas con todos los refi­namientos que imaginarse puedan y variaba los platos y co­midas de acuerdo con las distintas estaciones del año.

Poseía muchas perdices, bien criadas, en pequeñas jaulas, así como peces de agua dulce, brecas y lucios, en un estan­que. ¡Ay del cocinero si no condimentaba la salsa fuerte y pi­cante y no estaba preparado para cualquier contingencia! Su comedor siempre se hallaba dispuesto a acoger posibles co­mensales.

Presidía frecuentemente las sesiones de los jueces de paz y a menudo había sido elegido representante por su conda­do29. De su cinto colgaba una pequeña daga y una bolsa blanca cual leche recién ordeñada. Había desempeñado tam­bién el cargo de sheriffy de supervisor en el pago de impues­tos. En resumen, era un respetabilísimo terrateniente.

Entre los demás se hallaban un Mercero, un Carpintero, un Tejedor, un Teñidor y un Tapicero, todos ataviados con li­brea uniforme, perteneciente a un gremio poderoso y honorable. Su atuendo era nuevo y recién repasado; sus dagas no terminaban en latón, sino que estaban delicadamente mon­tadas con plata forjada cincelada, haciendo juego con sus cinturones y bolsas30. Cada uno parecía un auténtico ciuda­dano de burgo, digno de tener un lugar en el estrado de la casa consistorial y su capacidad y buen juicio, apart


24 El ocupar uno de estos veinte puestos de magistrado significaba alcan­zar la cumbre de la carrera de Derecho. Eran designados por el rey.

25 Aquí, concretamente, el porche de la catedral de San Pablo, donde los magistrados encontraban a su clientela.

26 Duque de Normandía que derrotó a los ingleses en Hastings (1066) y se proclamó rey.

27 Los sanguíneos se caracterizaban por su tez rubicunda, síntoma de un exceso de sangre. Según la medicina medieval, a los cuatro temperamentos: sanguíneo, colérico, flemático y melancólico, correspondían los cuatro líqui­dos o humores: frío, caliente, húmedo y seco, de un modo variable.

28 Patrono de la hospitalidad.

29 Como miembro del Parlamento.

30 Todos estos indicios recalcan su posición acaudalada. A señalar que ninguno de estos personajes narra un cuento.

posesiones e ingresos, para ostentar el cargo de conce­jal. Para esto todos ellos contarían con el entusiasta asenti­miento de sus esposas -de lo contrario, dichas señoras me­recerían total reprobación. Pues resulta muy agradable ser llamada «Doña» y desfilar en primer lugar en las fiestas de la iglesia y que le lleven a una el manto con gran pompa. Habían llevado con ellos, para tal ocasión, a un Cocinero que se quedaba solo cuando hervía pollo con huesos de tuétano, sazonándolo con pimienta y especias. ¡Y lo bien que conocía el sabor de la cerveza de Londres!31. Sabía asar, freír, hervir, tostar, hacer guisos y repostería. Pero era una verdadera lástima que tuviera una supurante úlcera en la espinilla, o al menos así pensaba yo, pues hacía budín de arroz condi­mentado con salsa blanca con los ejemplares de pollo más selectos.

Se encontraba, además, en el grupo un Marino que vivía en la parte occidental del país; me imagino que procedía de Dartmouth32. Cabalgaba lo mejor que podía, montado so­bre un caballo de granja y vestía una túnica de basta sarga que le llegaba a las rodillas. Bajo el brazo llevaba una daga colgada de una correa que le rodeaba el cuello. El cálido ve­rano había tostado su piel; era todo un pillastre, capaz de echarse al coleto cualquier cantidad de vino de Burdeos mientras los mercaderes dormían. No tenía escrúpulos de ningún género: si luchaba y vencía, arrojaba a sus prisione­ros por la borda y les enviaba a casa por mar, procedieran de donde fuera. Desde Hull a Cartagena33 no había quien le igualara en conocimientos marinos para calcular mareas, co­rrientes y calibrar los peligros que le rodeaban; o en su expe­riencia de puertos, navegación y cambios de la Luna. Era un aventurero intrépido y astuto; su barba había recibido el azote de muchas tormentas y galemas. Conocía todos los puertos existentes entre Gottland (Suecia) y el cabo Finiste­rre y todas las ensenadas34 de Bretaña y España. Su barco se llamaba Magdalena.

Nos acompañaba un Doctor en Medicina. No tenía rival en cuestiones de medicina y cirugía, pues poseía buenos fundamentos en astrología. Estos conocimientos le permitían elegir la hora más conveniente para administrar remedios a sus pacientes; y tenía gran destreza en calcular el momento más propicio para fabricar talismanes para sus clientes35. Sa­bía diagnosticar toda suerte de enfermedades y decir qué or­gano o cuál de los cuatro humores -el caliente, el frío, el húmedo o el seco-- era el culpable de la dolencia. Era un médico modelo. Tan pronto como descubría el origen de la perturbación, daba allí mismo al enfermo la medicina corres­pondiente, pues tenía sus farmacéuticos a mano para suministrarle drogas y jarabes. De este modo cada uno actuaba en beneficio del otro -su asociación no era reciente. El Doctor estaba muy versado en los autores antiguos de la clase médi­ca36: Esculapio, Dioscóndes, Rufo, Hall, Galeno, Serapio, Rhazes, Avicena, Averroes, Damasceno, Constantino, Ber­nardo, Gaddesden y Gilbert. Era moderado para su propia dieta: no contenía nada superfluo, sino sólo lo que era nutri­tivo y digestivo. Raramente se le veía con la Biblia en las ma­nos. Vestía ropajes de color rojo sangre y azul grisáceo, forrados de seda y tafetán; sin embargo, no era ningún manirro­to, sino que ahorraba todo lo que ganaba gracias a la peste37. En la medicina, el oro es un gran reconstituyente; y por eso le tenía un afecto especial.



31 La de más calidad y precio.

32 Puerto de Devonshire, famoso por ser nido de piratas y contrabandistas.

33 Desde Hull, en la costa inglesa de Yorkshire, hasta este puerto medite­rráneo español.

34 Para practicar el contrabando.

35 Los tratamientos y medicamentos dependían del horóscopo de cada persona.

36 Esculapio, Dioscórides, Rufo y Galeno eran griegos; Hali, Serapio, Rhazes, Avicena, Averroes y Damasceno, árabes; el resto, ingleses.

37 La peste diezmó a la población inglesa durante las plagas de 1348, 1361, 1369 y 1376.

Entre nosotros se hallaba una digna Comadre que proce­día de las cercanías de la ciudad cle Bath38; por desgracia, era un poco sorda. Tejiendo telas llegaba a superar incluso a los famosos tejedores de Ypres y Gante. Ninguna mujer de su pa­rroquia osaba adelantársele cuando se dirigía al ofertorio; pues si alguna se atrevía, se enojaba hasta perder los estribos. Sus pañuelos eran del más fino lienzo; y me atrevo a decir que el que llevaba los domingos sobre la cabeza pesaba diez libras. Sus medias eran del más hermoso color escarlata y las llevaba tensas; calzaba relucientes zapatos nuevos; su rostro era bello; su expresión, altanera, y su talante, gracioso. Toda su vida había sido una mujer respetable. Se había casado consecutivamente por la Iglesia con cinco maridos, sin con­tar sus varios amores de juventud, de los que no es preciso hablar ahora. Había visitado Jerusalén tres veces y cruzado muchísimos ríos del extranjero; había estado en Roma, en Boulogne, en la catedral de Santiago de Compostela y en Colonia39, por lo que sabía muchísimo de viajes. Por cierto que tenía los dientes separados40. Montaba cómodamente a lomos de un caballo cansino y cubría su cabeza con una toca y un sombrero que más parecía un escudo o coraza. Una fal­da exterior cubría sus anchas caderas, mientras que en sus ta­lones llevaba un par de puntiagudas espuelas. Cuando tenía compañía, reía con sonoras carcajadas. Sin duda conocía to­dos los remedios para el amor, pues en ese juego había sido maestra.

Nos acompañaba también un hombre religioso y bueno, Párroco de una ciudad, pobre en dinero, pero rico en santas obras y pensamientos. Era, además, hombre culto, un erudi­to que predicaba la verdad del Evangelio de Jesucristo y en­señaba con devoción a sus feligreses. De carácter apacible y bonachón, buen trabajador y paciente en la adversidad -pues había estado sometido con frecuencia a duras prue­bas-, se sentía reacio a excomulgar41 a los que dejaban de pagar el diezmo. A decir verdad, solía repartir entre los po­bres de su parroquia lo que le habían dado los ricos, o lo que tenía de su propio peculio, pues se las arreglaba para vivir con muy poco. A pesar de regentar una parroquia extensa, con pocas casas y muy distantes entre sí, ni la lluvia ni el trueno, ni la enfermedad ni el infortunio le impedían ir a pie, con la vara en la mano, a visitar a sus feligreses más alejados, tanto si eran de alta alcurnia como de baja condición. A su grey le daba el hermoso ejemplo de practicar, luego predicar. Era un precepto que había sacado del Evangelio, al que aña­día este proverbio: «Si el oro puede oxidarse, ¿qué es lo que hará el hierro?» Pues si el cura en el que confiamos está co­rrompido, nadie debe maravillarse de que el hombre corrien­te se corrompa también. ¡Que tomen nota los sacerdotes! ¿No es una vergüenza que el pastor se halle cubierto de es­tiércol mientras sus ovejas están limpias?

Al sacerdote corresponde dar ejemplo a su rebaño con una vida pura y sin mácula. Él no era de los que recogían su be­neficio y dejaban a las ovejas revolcándose en el fango mien­tras coman a la catedral de San Pablo en Londres en pos de una vida fácil, como una chantría, en la que, les pagaran para cantar misas por el alma de los difuntos, o una capellanía en uno de los gremios, sino de los que permanecían en casa vi­gilantes sobre su rebaño para que el lobo no le hiciese daño. Era un pastor de ovejas, no un sacerdote mercenano42. Pero, a pesar de su virtud, no despreciaba al pecador. Su forma de hablar no era ni distante ni severa; al revés, se mostraba con­siderado y benigno al impartir sus enseñanzas. Se esforzaba en ganar adeptos para el cielo mediante el ejemplo de una vida modélica. Sin embargo, si alguien -sin importarle su rango- se empeñaba en ser obstinado,


38 Probablemente S. Michael's, suburbio de Bath, donde se ubicaban los telares.

39 El santuario de los Tres Reyes Magos.

40 El tener los dientes separados era signo de lascivia. El Prólogo al cuento do la Comadre de Bath corrobora este supuesto.

41 Wycliffe se rebeló contra esta clase de excomunión.

42 Los mercenarios eran sacerdotes que se sustentaban a base de celebrar misas.